“LA POSEÍDA” DE A. MUÑOZ MOLINA
Marino es un oficinista bastante inseguro que desayuna siempre en el mismo bar con suma puntualidad. La rutina hace que diariamente vea a una jovencita de la que se enamora, pese a su aspecto desaliñado. Esta espera apasionadamente la llegada de un hombre que le entrega paquetes de forma un tanto sospechosa. A lo largo de los primeros desayunos, Marino hace conjeturas sobre la historia de esa jovencita y el señor. Él, que es mayor que ella, intenta pasar desapercibido con su forma de vestir, aunque Marino no puede evitar controlar sus impuntuales llegadas al bar a causa del sentimiento de amor hacia ella.
Pero un día, la rutina se rompe cuando el hombre no entra al bar y la chica se marcha del establecimiento sin pagar. En ese momento, Marino decide abonarle la cuenta y vuelve a su trabajo avergonzado, ya que el camarero se percata, asombrado, de que existe una extraña relación con la chica.
Durante los siguientes tres días, Marino está sin aparecer por el bar porque siente vergüenza de lo ocurrido. Además, teme que el camarero le haya contado algo a la chica y no quiere convertirse en un rival para el otro hombre. Por lo tanto, Marino se pone a buscar otras cafeterías, pero ya no es lo mismo. En ningún otro bar puede sentirse con la misma comodidad y tampoco puede observar a la chica de la que está enamorado.

Por fin un día se dispone a volver al bar con bastante ansiedad y advierte que la joven sigue, aunque aún menos aseada que de costumbre, frecuentándolo a la misma hora y despertando en él esa pasión oculta. Sin embargo, esa misma noche, cuando Marino regresa a casa en autobús, descubre al hombre solo caminando en la oscuridad, pero más tarde ve que la chica, lo sigue con inquietud, y este no se detiene ni para esperarla.
La mañana siguiente, Marino acude al bar como de costumbre y observa que la chica continúa en el rincón de siempre, pero esta vez ofreciendo una apariencia bastante moribunda. De repente se dirige hacia la barra y puede escuchar la voz de la chica cuando, desesperadamente, pide un vaso agua y se dirige al lavabo con urgencia. Él se pone a pensar en lo que le ha sucedido, puesto que el hombre ya no ha aparecido por la cafetería. Cuando Marino repara en el tiempo que lleva encerrada se preocupa, pero también teme, angustiado, llegar tarde a su oficina, lo que supondría un descuento de su humilde sueldo. Tras vacilar un rato, decide entrar ruborizado al lavabo de señoras, donde encuentra a la chica desplomada en el suelo. Esta tiene un pañuelo atado en el brazo y en el suelo se halla una jeringuilla. Después de ver aquello se da cuenta de que la chica ha muerto por culpa de las drogas y que el hombre al que esperaba cada día era el que le suministraba las dosis de forma clandestina. Con su habitual desasosiego, regresa al trabajo rápidamente por miedo a perder su empleo.
La falta de seguridad en uno mismo provoca que se valore excesivamente el peligro de una adversidad y, al tiempo, se infravalora la propia capacidad para afrontar la situación. Esto hace que la forma de actuar en nuestra vida no sea la adecuada y nos topemos con errores que hubiera sido posible salvar si hubiéramos abierto los ojos a tiempo.
Pero un día, la rutina se rompe cuando el hombre no entra al bar y la chica se marcha del establecimiento sin pagar. En ese momento, Marino decide abonarle la cuenta y vuelve a su trabajo avergonzado, ya que el camarero se percata, asombrado, de que existe una extraña relación con la chica.
Durante los siguientes tres días, Marino está sin aparecer por el bar porque siente vergüenza de lo ocurrido. Además, teme que el camarero le haya contado algo a la chica y no quiere convertirse en un rival para el otro hombre. Por lo tanto, Marino se pone a buscar otras cafeterías, pero ya no es lo mismo. En ningún otro bar puede sentirse con la misma comodidad y tampoco puede observar a la chica de la que está enamorado.

Por fin un día se dispone a volver al bar con bastante ansiedad y advierte que la joven sigue, aunque aún menos aseada que de costumbre, frecuentándolo a la misma hora y despertando en él esa pasión oculta. Sin embargo, esa misma noche, cuando Marino regresa a casa en autobús, descubre al hombre solo caminando en la oscuridad, pero más tarde ve que la chica, lo sigue con inquietud, y este no se detiene ni para esperarla.
La mañana siguiente, Marino acude al bar como de costumbre y observa que la chica continúa en el rincón de siempre, pero esta vez ofreciendo una apariencia bastante moribunda. De repente se dirige hacia la barra y puede escuchar la voz de la chica cuando, desesperadamente, pide un vaso agua y se dirige al lavabo con urgencia. Él se pone a pensar en lo que le ha sucedido, puesto que el hombre ya no ha aparecido por la cafetería. Cuando Marino repara en el tiempo que lleva encerrada se preocupa, pero también teme, angustiado, llegar tarde a su oficina, lo que supondría un descuento de su humilde sueldo. Tras vacilar un rato, decide entrar ruborizado al lavabo de señoras, donde encuentra a la chica desplomada en el suelo. Esta tiene un pañuelo atado en el brazo y en el suelo se halla una jeringuilla. Después de ver aquello se da cuenta de que la chica ha muerto por culpa de las drogas y que el hombre al que esperaba cada día era el que le suministraba las dosis de forma clandestina. Con su habitual desasosiego, regresa al trabajo rápidamente por miedo a perder su empleo.
La falta de seguridad en uno mismo provoca que se valore excesivamente el peligro de una adversidad y, al tiempo, se infravalora la propia capacidad para afrontar la situación. Esto hace que la forma de actuar en nuestra vida no sea la adecuada y nos topemos con errores que hubiera sido posible salvar si hubiéramos abierto los ojos a tiempo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario